El estanque almohade y el pabellón verde de los Jardines de la Menara

Los Jardines de la Menara son un parque histórico de unas cien hectáreas situado al oeste de Marrakech. Fundados en el siglo XII por la dinastía almohade, cuentan con un inmenso estanque regulador alimentado por canalizaciones subterráneas desde el Alto Atlas y un célebre pabellón con tejado verde piramidal.

Por · Publicado el 11 de septiembre de 2026

Ubicación
Al oeste de la medina de Marrakech

Los Jardines de la Menara representan la maestría histórica de la ingeniería hidráulica en Marruecos. Este inmenso olivar periurbano fue diseñado para irrigar los huertos y proporcionar un espacio de esparcimiento a los soberanos de Marrakech.

Pabellón con tejado verde piramidal reflejado en el gran estanque de la Menara con las cumbres nevadas del Atlas al fondo.
Marcin Sochacki (CC BY-SA 3.0)

El gran estanque y el sistema de qanats

El corazón del recinto es una alberca artificial de 195 metros de largo por 160 de ancho capaz de almacenar miles de metros cúbicos de agua.

El agua desciende desde las cumbres del Alto Atlas a través de una red subterránea de acequias antiguas (khettaras) basadas en la fuerza de la gravedad.

El pabellón real con vistas al Atlas

Al borde de la alberca se alza el pabellón Menara (Minzah), construido en el siglo XVI por los sultanes saadíes y remodelado en el XIX. Su silueta reflejada en las aguas tranquilas, con las cumbres nevadas del Alto Atlas detrás, compone una de las vistas más conocidas de la ciudad.

Ambiente local: Los viernes por la tarde y los fines de semana, decenas de familias marroquíes acuden a los olivares de la Menara para merendar a la sombra de los árboles centenarios.

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Historia del olivar y de sus aguas

La Menara nació como una gran finca agrícola de época almohade, en el momento en que Marrakech se consolidaba como capital imperial.

Los soberanos necesitaban abastecer de fruta y aceite a una ciudad en crecimiento, y para lograrlo organizaron un amplio huerto rodeado de olivos, regado con agua que llegaba desde las montañas por conducciones subterráneas.

Con los siglos, el espacio pasó de explotación agrícola a lugar de recreo para la corte. Los sultanes posteriores, en especial los saadíes y más tarde los alauíes, lo mantuvieron como retiro donde descansar del bullicio de la medina.

El pabellón junto al estanque se usó como mirador para contemplar la puesta de sol y el paisaje del Atlas.

Es interesante pensar que el parque nunca fue un jardín ornamental en el sentido europeo. Su belleza viene de la geometría sencilla de las hileras de olivos, del gran espejo de agua y de la sensación de amplitud, más que de macizos de flores. Esa sobriedad define todavía hoy su carácter.

Qué ver en el recinto

Lo primero que atrae la mirada es el pabellón de tejado verde, con su balcón abierto hacia el agua.

Suele ser posible asomarse a la planta superior para ver el estanque desde arriba, y desde allí se entiende la lógica del conjunto: el agua en el centro, el olivar alrededor y las montañas al fondo.

Después merece la pena caminar por los senderos que cruzan el olivar. Los árboles, muchos de ellos de tronco retorcido y muy antiguos, ofrecen una sombra que se agradece en la ciudad.

Rodear el estanque con calma te permite cambiar de perspectiva y ver cómo el pabellón se refleja desde distintos ángulos.

Si observas con atención, notarás que el agua del estanque funciona como depósito de riego. Desde él se reparte a las parcelas mediante pequeños canales, un sistema que ha cambiado poco en generaciones y que ayuda a entender cómo se gestionaba un bien tan valioso en un clima seco.

Curiosidades y detalles poco conocidos

La imagen del pabellón con la cordillera nevada al fondo es una de las más reproducidas de Marruecos, pero depende mucho de la época y de la claridad del día.

En invierno y comienzos de primavera, cuando hay nieve en las cumbres y el aire es limpio, el decorado resulta mucho más espectacular que en los meses de calor.

El pabellón es sencillo por dentro: pocas estancias y poca decoración. Su valor está en la ubicación y en la forma de integrarse con el entorno, y no en la riqueza de sus interiores.

Por eso conviene ir con la expectativa de un paseo y un rato de contemplación, no de una visita monumental.

Consejos para la visita

El mejor momento suele ser la última hora de la tarde, cuando la luz se vuelve dorada y el calor afloja.

También es buena idea ir en día laborable si buscas tranquilidad, porque los fines de semana el parque se llena de familias locales que lo disfrutan como espacio de ocio. Comprueba antes de salir si hay acceso al interior del pabellón y qué condiciones se aplican.

Como el recinto está algo apartado de la medina, plantéalo como una excursión corta. Puedes enlazarlo con una visita a otros monumentos de la ciudad y dejarlo para el final del día, cuando apetece más sentarse que caminar entre callejones.

Lleva agua, y si piensas hacer fotos, un objetivo angular ayuda a abarcar el estanque entero.

Para saber más