En el Chorro de Quevedo nació Bogotá con doce chozas

La Plazoleta del Chorro de Quevedo es el mítico sitio fundacional de Bogotá, donde el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada estableció el primer campamento militar con doce chozas en 1538. Famosa por sus cuenteros callejeros, arte urbano en el Callejón del Embudo y chicherías tradicionales.

Por · Publicado el 11 de septiembre de 2026

Plazoleta del Chorro de Quevedo con su ermita histórica y ambiente bohemio estudiantil
Remi Jouan, Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)

El rincón mítico del nacimiento de Bogotá

Enclavada en lo alto del barrio La Candelaria en Bogotá, la plazoleta del Chorro de Quevedo es un epicentro de magnetismo histórico y juventud universitaria. Según la tradición, el zipa muisca mantenía en este promontorio su mirador de descanso antes de la llegada de las tropas españolas.

El Callejón del Embudo y la chicha ancestral

El acceso principal a la plaza se realiza a través del angosto Callejón del Embudo, célebre por sus paredes tapizadas de murales coloridos que retratan rostros indígenas muiscas y fauna andina.

En sus pequeños locales rústicos se elabora y despacha la ancestral chicha de maíz fermentada, además de guarapo, hidromiel y cervezas artesanales locales servidas en totumas tradicionales.

Cuenteros nocturnos: Al caer la tarde la plazoleta se colma de público que se sienta en las gradas de piedra a escuchar a los talentosos narradores orales y cómicos urbanos.

Historia, tradición y debate

La idea de que Bogotá nació en el Chorro de Quevedo está muy arraigada en la memoria de la ciudad, pero conviene saber que es, sobre todo, una tradición.

Los historiadores han discutido durante mucho tiempo dónde se levantó exactamente el primer campamento de Gonzalo Jiménez de Quesada en 1538, y algunos lo sitúan en las inmediaciones de la actual Plaza de Bolívar.

Sea cual sea la respuesta, la plazoleta se ha convertido en el lugar simbólico de la fundación y así la viven los bogotanos.

El nombre alude a una fuente de agua, el chorro, que durante la época colonial y republicana abasteció a los vecinos del sector, y al apellido de la persona con la que se asociaba ese manantial.

En una ciudad que dependía de pilas y fuentes públicas para conseguir agua, estos puntos eran lugares de reunión cotidiana, donde se cruzaban aguateros, vecinos y comerciantes. La fuente que ves hoy recuerda esa función, aunque no es la original.

Junto a la plazoleta se levanta una pequeña capilla blanca de estilo colonial, una de las imágenes más fotografiadas del lugar.

Fue reconstruida en el siglo XX, pero su silueta sencilla, con la espadaña y el tejado de barro, encaja perfectamente con el ambiente del barrio y ayuda a imaginar cómo pudo ser aquel rincón en sus primeros tiempos.

La chicha, una bebida con historia

La chicha de maíz es mucho más que una bebida típica: es una herencia directa de los pueblos indígenas de la sabana, que ya la preparaban mucho antes de la llegada de los españoles y la usaban en celebraciones y rituales.

Durante siglos fue la bebida popular de Bogotá, y las chicherías eran lugares de encuentro para trabajadores y artesanos de toda la ciudad.

A mediados del siglo XX, las autoridades restringieron su producción y venta con el argumento de la higiene, en un contexto en el que también se promovía el consumo de cerveza industrial. La chicha no desapareció, pero pasó a un segundo plano.

Hoy, en los locales del Callejón del Embudo y los alrededores del Chorro, vuelve a servirse como parte de la identidad del barrio, a menudo en totuma, el recipiente tradicional hecho con el fruto seco del totumo.

Si la pruebas, ten en cuenta que es una bebida fermentada y que su contenido de alcohol puede variar bastante según el tiempo de fermentación. Su sabor es ligeramente ácido y dulce a la vez, y puede sorprender la primera vez.

Lo más recomendable es pedir una cantidad pequeña para probarla y, si te gusta, repetir.

El ambiente de la plazoleta

El Chorro de Quevedo está rodeado de universidades, y eso se nota en el ambiente. Por la tarde, estudiantes, artistas callejeros, músicos y vendedores ambulantes llenan la plazoleta y las calles cercanas, que se convierten en uno de los puntos más animados de La Candelaria.

Es un buen sitio para sentarse un rato, observar la vida del barrio y escuchar las conversaciones y la música que surgen de manera espontánea.

La tradición de los cuenteros, narradores orales que improvisan historias, chistes y reflexiones ante un público sentado a su alrededor, es una de las señas de identidad del lugar.

Aunque no domines todos los modismos colombianos, merece la pena quedarse a escuchar: es una forma muy directa de conectar con el humor y la cultura popular bogotana. Es costumbre colaborar con una aportación voluntaria al final de la función.

  • Fíjate en los murales del Callejón del Embudo, que cambian con el tiempo.

  • Busca las pequeñas tiendas de artesanía y los talleres que rodean la plazoleta.

  • Asómate a las calles empedradas cercanas, con sus casas de colores y balcones de madera.

Consejos para la visita

La plazoleta se puede visitar en cualquier momento del día, aunque cada franja tiene su carácter. Por la mañana es más tranquila y perfecta para fotografiar la capilla y los murales sin gente. Por la tarde y al anochecer gana ambiente con la llegada de estudiantes y cuenteros.

Si vas de noche, hazlo en grupo, mantén tus pertenencias a la vista y, para regresar al hotel, lo más cómodo es pedir un taxi por aplicación.

Como el Chorro está en la parte alta de La Candelaria, llegar implica subir algunas cuestas, algo que se nota a la altitud de Bogotá. Camina sin prisa, lleva una chaqueta porque la temperatura baja rápido al caer el sol y un paraguas o impermeable por si llueve.

No hace falta dedicarle mucho tiempo por sí solo: entre media hora y una hora suele ser suficiente, salvo que te quedes a escuchar a los cuenteros o a tomar algo.

Cómo integrarlo en tu ruta por La Candelaria

El Chorro de Quevedo es un buen punto final para un recorrido a pie por el centro histórico.

Puedes empezar en la Plaza de Bolívar, seguir por el Museo Botero y la Casa de Moneda, subir por las calles empedradas hacia el Teatro Colón y terminar la tarde en la plazoleta, con una chicha o un café y el ambiente estudiantil.

Otra opción es combinarlo con el Eje Ambiental y la avenida Jiménez, que quedan a pocas cuadras, o con la subida a Monserrate, cuya base no está lejos.

Si te interesa el arte urbano, en el barrio se organizan recorridos guiados de grafiti que te ayudarán a interpretar los murales que habrás visto por el camino.

Explora más sobre Bogotá y Colombia:

• Guía de Bogotá

• Conocer el Museo Botero

• Rutas coloniales de Colombia

Para saber más