¿Cómo se recorre el Louvre, el antiguo palacio de los reyes de Francia?

El Museo del Louvre, instalado en el antiguo palacio real de los reyes de Francia, es el museo más grande del mundo. Su icónica Pirámide de cristal, encargada por François Mitterrand al arquitecto Ieoh Ming Pei, se inauguró en marzo de 1989 tras generar una fuerte controversia inicial que con el tiempo se disipó por completo. Hoy es la entrada principal al museo y uno de los símbolos más fotografiados de París.

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Ubicación
I Distrito de París, junto al Sena
Pirámide de cristal
Inaugurada en marzo de 1989
Arquitecto de la pirámide
Ieoh Ming Pei
Peso de la estructura
200 toneladas de acero y aluminio

El Museo del Louvre ocupa el antiguo palacio real en el corazón de París, junto al río Sena.

El Palacio del Louvre visto desde el interior de la Pirámide de cristal.
Vinceesq (CC BY-SA 3.0)

De palacio de los reyes de Francia a museo del mundo

El edificio que hoy alberga el museo fue durante siglos residencia de la monarquía francesa, antes de que Luis XIV trasladara la corte a Versalles y el Louvre quedara disponible para otros usos.

Con el tiempo se convirtió en el museo más grande del mundo por superficie, con una colección que abarca desde la Antigüedad hasta el siglo XIX, incluidas obras maestras universales que atraen a millones de visitantes cada año.

La pirámide que dividió a París antes de conquistarla

En 1981, el recién electo presidente François Mitterrand encargó una modernización integral del museo, que incluyó la construcción de una nueva entrada principal.

El arquitecto chino-estadounidense Ieoh Ming Pei diseñó la Pirámide de cristal, una estructura de acero y aluminio de 200 toneladas que se eleva 21,64 metros sobre una base cuadrada de 35,42 metros de lado, cubierta por 603 piezas romboidales y 70 triángulos de vidrio laminado.

El proyecto generó una fuerte polémica al presentarse en 1984, pero con los años se transformó en uno de los símbolos más queridos y fotografiados de la ciudad.

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La galería Denon y la pintura renacentista italiana

El ala Denon del palacio alberga el recorrido artístico más transitado del museo, comenzando por la imponente Gran Galería que bordea la orilla del Sena. En sus muros dorados cuelgan telas maestras del Renacimiento y el Manierismo italiano firmadas por genios como Rafael, Tiziano, Caravaggio y Leonardo da Vinci.

La Mona Lisa preside la sala contigua bajo cristal protector, atrayendo miradas de admiración por la sutil técnica del sfumato que difumina los contornos de su enigmática sonrisa.

En la misma planta se despliegan gigantescos lienzos del Romanticismo francés que narran pasajes de gran dramatismo épico.

Obras monumentales como La coronación de Napoleón de Jacques-Louis David, La Libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix y La balsa de la Medusa de Théodore Géricault impresionan por su dinamismo gestual, escala teatral y maestría en el claroscuro.

La Victoria alada de Samotracia y la escultura clásica

Al culminar la escalera monumental Daru, la mirada converge de forma inevitable sobre la Victoria alada de Samotracia, esculpida en mármol de Paros en el siglo II antes de Cristo.

La figura descansa sobre la proa pétrea de un navío de guerra con las alas desplegadas y el ropaje adherido al cuerpo por la brisa marina, personificando una energía cinética poco común en la estatuaria helenística.

En las salas de la planta baja aguarda la no menos célebre Venus de Milo, descubierta en las islas Cícladas en 1820.

Sus formas serenas, el torso desnudo y la cadencia ondulante de la cadera han servido de canon clásico de proporción anatómica durante generaciones de artistas y estudiosos del arte antiguo.

El foso medieval y los cimientos de Felipe Augusto

Bajo la explanada de la pirámide de cristal discurre un circuito arqueológico subterráneo que revela las raíces fortificadas del palacio.

Al caminar por el foso perimetral de piedra puedes tocar la base circular de la torre del homenaje mandada construir por el rey Felipe Augusto hacia el año 1190 para defender la ciudad frente a incursiones enemigas.

Estas murallas enterradas recuerdan que antes de convertirse en meca de las bellas artes, el Louvre nació como bastión defensivo medieval.

Las excavaciones permitieron recuperar vestigios del casco medieval de Carlos V y fragmentos escultóricos góticos que decoraban las antiguas almenas. Recorrer estas galerías de sillares antiguos proporciona una comprensión profunda de cómo una austera fortaleza fronteriza evolucionó hasta convertirse en el palacio residencial de los reyes franceses.

Un museo para recorrer por departamentos

El Louvre se organiza en grandes departamentos que permiten elegir un tema y seguirlo con calma. Las antigüedades egipcias reúnen estatuas, sarcófagos y objetos cotidianos, entre ellos la célebre figura del escriba sentado.

El departamento de Oriente Antiguo guarda piezas de Mesopotamia, como la estela con el código de Hammurabi, uno de los textos legales más antiguos conservados. Cada uno de estos ámbitos ofrece una introducción a civilizaciones que sostienen buena parte de la historia universal.

Las artes del islam disponen de un espacio propio, inaugurado en 2012 bajo una cubierta ondulada de vidrio y metal que flota sobre un patio del palacio. Allí se exponen cerámicas, textiles, metalistería y manuscritos de un territorio que se extiende desde España hasta la India.

Recorrer estas salas aporta un contrapunto a las colecciones europeas y recuerda que el museo no solo habla de Francia, sino de una historia de intercambios entre culturas.

Cómo abordar un museo inmenso

El museo abrió al público en 1793, durante la Revolución Francesa, con la idea de poner las colecciones reales al alcance de los ciudadanos. Desde entonces ha crecido hasta convertirse en un laberinto de alas, plantas y galerías en el que es fácil perderse.

Intentar verlo todo en una sola visita agota y deja poca memoria de lo observado, por lo que resulta más provechoso elegir dos o tres ámbitos y dedicarles tiempo.

Antes de entrar, conviene consultar el plano y decidir un recorrido. Reserva un descanso a mitad de jornada, hidrátate y no dudes en sentarte frente a una obra que te atraiga para mirarla con detenimiento.

El museo ofrece audioguías y paneles explicativos que ayudan a contextualizar cada pieza. Si regresas otro día, puedes explorar un ala distinta y descubrir que cada visita revela un museo diferente.

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