Dos millones y medio de remaches sostienen la Torre Eiffel
La Torre Eiffel, diseñada por los ingenieros de Gustave Eiffel para la Exposición Universal, se construyó entre 1887 y 1889 con 7.300 toneladas de hierro y 18.000 piezas unidas por 2,5 millones de remaches. Se inauguró oficialmente el 31 de marzo de 1889 y hoy mide 330 metros con sus antenas. Sigue siendo el monumento de pago más visitado del mundo.
Por Florencia
- Ubicación
- Champ de Mars, VII Distrito de París
- Construcción
- 1887-1889, para la Exposición Universal
- Altura
- 330 metros con antenas
- Ingeniero
- Gustave Eiffel y su equipo
La Torre Eiffel es el símbolo más reconocible de París y de Francia entera.

Una torre construida para durar veinte años
El proyecto de una torre de 300 metros nació para la Exposición Universal de 1889, organizada para conmemorar el centenario de la Revolución Francesa.
Entre 107 proyectos presentados, se eligió el de los ingenieros Maurice Koechlin y Émile Nouguier junto al arquitecto Stephen Sauvestre, ejecutado bajo la dirección de Gustave Eiffel, cuya experiencia en grandes estructuras de hierro resultó decisiva.
La construcción, realizada por 250 obreros, tardó apenas dos años, dos meses y cinco días, y se inauguró oficialmente el 31 de marzo de 1889.
7.300 toneladas de hierro y una vida mucho más larga de lo previsto
La torre está formada por celosías de hierro unidas por 2,5 millones de remaches, con un total de 7.300 toneladas de metal y 18.000 piezas distintas.
Concebida originalmente como una estructura temporal que se desmontaría veinte años después de la exposición, sobrevivió gracias a su utilidad como antena de telecomunicaciones, un uso que terminó de asegurar su permanencia en el paisaje de París.
La subida por las escaleras hasta la segunda planta
Ascender a pie por los pilares de hierro forjado de la torre ofrece una experiencia íntima con la ingeniería monumental del siglo XIX.
La subida consta de más de seiscientos escalones repartidos entre el suelo y el segundo nivel del monumento, serpenteando entre vigas remachadas al rojo vivo, poleas de contrapeso y cables de tracción.
A medida que se gana altura, la estructura abierta permite apreciar la filigrana metálica diseñada por Maurice Koechlin y Émile Nouguier para resistir la fuerza de los vendavales parisinos.
En la primera plataforma, situada a cincuenta y siete metros sobre el suelo, un espectacular suelo de cristal transparente regala la sensación de flotar en el vacío sobre los jardines del Campo de Marte.
El espacio alberga paneles interactivos con fotografías históricas de los obreros acrobáticos que ensamblaron las piezas con un solo accidente mortal durante la obra.
La cumbre y el despacho histórico de Gustave Eiffel
El acceso a la tercera planta y mirador superior, ubicado a doscientos setenta y seis metros de altura, se realiza mediante ascensores acristalados de doble cabina.
Desde esta atalaya vertiginosa la perspectiva abarca hasta setenta kilómetros en días de atmósfera diáfana, divisando los meandros del Sena, la silueta neogótica de Notre-Dame y los bosques que contornean la periferia urbana.
En la cumbre se conserva el pequeño despacho privado que Gustave Eiffel habilitó para recibir a personalidades ilustres de la ciencia y la política, decorado con muebles de madera de la época y figuras de cera hiperrealistas que reproducen una histórica conversación con el inventor Thomas Edison en 1889.
El centelleo dorado y la iluminación nocturna
Al caer la noche, la estructura de hierro cambia por completo gracias a un sistema de iluminación dorada compuesto por más de trescientos proyectores de sodio.
Cada hora en punto, durante los primeros cinco minutos de oscuridad, veinte mil bombillas de destello parpadean de forma sincronizada, cubriendo la silueta con un chispeante manto luminoso visible desde todos los puentes y miradores de la capital francesa.
Bajo la torre, la amplia explanada del Campo de Marte invita a sentarse sobre el césped para contemplar el encendido de las luces al anochecer.
La perspectiva simétrica que alinea el monumento con la Escuela Militar y la plaza del Trocadero regala una de las postales urbanas más celebradas de la arquitectura universal.
Críticas, ciencia y supervivencia
La torre no fue bien recibida por todos. Antes de que se terminara, un grupo de artistas e intelectuales firmó una carta de protesta contra lo que consideraban una enorme chimenea de hierro que desfiguraba el perfil de la ciudad.
Con el tiempo, el rechazo se transformó en afecto, y hoy resulta difícil imaginar París sin ella. Esa evolución del gusto es un buen recordatorio de cómo los símbolos urbanos pueden pasar de la polémica al orgullo colectivo.
Lo que ayudó a salvarla fue su utilidad científica. Desde sus primeros años se usó para experimentos de meteorología, aerodinámica y telegrafía sin hilos, y sus antenas la convirtieron en un puesto clave para las comunicaciones.
Cuando se acercaba el final del permiso inicial para mantenerla en pie, estos usos sirvieron como argumento para conservarla. La torre sigue sosteniendo equipos de transmisión, de modo que su papel como infraestructura continúa más allá del turismo.
El ingeniero detrás de la torre
Gustave Eiffel no fue solo el autor de la torre que lleva su nombre. Su empresa construyó puentes, viaductos y estructuras metálicas en varios países, entre ellos el puente de María Pía en Oporto y el viaducto de Garabit.
También diseñó la estructura interna de hierro de la Estatua de la Libertad de Nueva York, sobre la que se montó la piel de cobre creada por el escultor Bartholdi. Conocer estas obras ayuda a entender que la torre era la culminación de una larga experiencia en ingeniería del hierro.
La estructura se repinta cada cierto tiempo para protegerla de la corrosión, un trabajo continuo que forma parte de su mantenimiento. Observarla de cerca, con sus celosías cruzadas y sus remaches, permite apreciar el tamaño de cada pieza y la precisión con la que se encajaron.
Es una obra pensada con una lógica matemática que se percibe incluso en los detalles más pequeños, y que explica por qué sigue en pie después de más de un siglo.





