Luis XIV llevó su corte a Versalles y lo llenó de espejos

El Palacio de Versalles, originalmente un pabellón de caza construido por Luis XIII en 1623, se transformó en el centro del poder de Francia cuando Luis XIV trasladó allí su corte en 1682. Su Galería de los Espejos, construida entre 1678 y 1684, mide 73 metros de largo y glorifica los triunfos militares del Rey Sol. Está a menos de una hora del centro de París en tren de cercanías.

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Ubicación
Versalles, a unos 20 km al suroeste de París
Origen
Pabellón de caza de Luis XIII, 1623
Traslado de la corte
Año 1682, bajo Luis XIV
Galería de los Espejos
73 metros de largo, construida entre 1678 y 1684

El Palacio de Versalles fue durante más de un siglo el centro del poder de Francia, a las afueras de París.

Fachada de los jardines del Palacio de Versalles.
sybarite48 (CC BY 2.0)

De pabellón de caza a residencia real

El rey Luis XIII construyó en 1623 un modesto pabellón de caza en Versalles, sin imaginar que se convertiría en la residencia más célebre de la monarquía francesa. Las grandes obras de ampliación comenzaron hacia 1661, y en su momento de mayor actividad llegaron a trabajar hasta 36.000 obreros a la vez.

El momento decisivo llegó en 1682, cuando Luis XIV trasladó de forma permanente su corte y el gobierno del reino a Versalles, convirtiendo al palacio en el auténtico centro del poder francés.

La Galería de los Espejos y un lujo sin precedentes

La Galería de los Espejos, construida entre 1678 y 1684, mide 73 metros de largo y unos 10 de ancho, y fue concebida para glorificar los triunfos militares de Luis XIV.

En la época, los espejos eran extraordinariamente costosos, por lo que una galería cubierta de tantos representaba un despliegue de riqueza sin precedentes en Europa.

El conjunto de palacio y jardines terminó convirtiéndose en Patrimonio de la Humanidad y sigue siendo hoy uno de los destinos de excursión de un día más populares desde París.

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Los jardines geométricos de André Le Nôtre

El parque exterior de Versalles representa la expresión culminante del jardín formal francés del siglo XVII. El paisajista André Le Nôtre domesticó la naturaleza mediante una marcada perspectiva axial que se prolonga desde la terraza trasera del palacio hasta perderse en el horizonte infinito.

Parterres con arabescos de boj podado, alineaciones de tilos y laberintos vegetales enmarcan fuentes monumentales y estanques espejados diseñados para reflejar la fachada barroca.

A lo largo de los senderos arenosos se distribuyen más de trescientas esculturas de plomo, bronce y mármol que representan alegorías de los ríos de Francia, las estaciones del año y divinidades grecorromanas vinculadas al culto al dios Apolo, símbolo solar elegido por el monarca Luis XIV para encarnar su poder soberano absoluto.

El Gran Canal y los juegos de agua monumentales

En el centro del eje visual se extiende el Gran Canal, una inmensa lámina de agua en forma de cruz de más de mil seiscientos metros de longitud donde la corte real disfrutaba de paseos en góndolas venecianas y reproducciones de buques de guerra a escala.

La ingeniería hidráulica de la época requirió la construcción de la máquina de Marly en el Sena para elevar agua hacia los acueductos y alimentar las fuentes del parque.

Entre los conjuntos escultóricos más destacados sobresale la Fuente de Apolo, donde el carro del dios solar emerge de las profundidades del estanque impulsado por caballos encabritados y tritones que soplan caracolas marinas anunciando el comienzo de un nuevo día de gloria imperial.

Los aposentos reales y el dominio de Trianón

En el extremo norte del recinto se hallan los palacetes del Gran Trianón de mármol rosa y el Pequeño Trianón, concebidos por los monarcas para refugiarse de la rigidez protocolaria de la corte central.

Muy cerca se esconde la Aldea de la Reina, un bucólico caserío normando con molino de agua, palomar y huertos campestres mandado construir por María Antonieta para evocar la sencillez de la vida rural en pleno corazón cortesano.

Pasear entre las granjas rústicas con tejados de paja y el lago artificial de la aldea ofrece un contraste insólito con el fasto dorado del palacio principal. Este espacio bucólico refleja los anhelos ilustrados de evasión natural que marcaron los últimos años del Antiguo Régimen.

Un palacio que ha sido escenario de la historia

Versalles no solo es un monumento al lujo, también ha sido testigo de acontecimientos decisivos. En 1682 Luis XIV, el Rey Sol, trasladó aquí la corte y el gobierno, convirtiendo el palacio en centro del poder francés.

En octubre de 1789, durante la Revolución, una multitud marchó desde París hasta Versalles y obligó a la familia real a regresar a la capital.

Más tarde, la Galería de los Espejos sirvió de escenario para la proclamación del Imperio alemán, en 1871, y para la firma del Tratado de Versalles, en 1919, que puso fin formalmente a la Primera Guerra Mundial.

Conocer estos episodios cambia la mirada: no estás solo ante salones dorados, sino en un lugar donde se tomaron decisiones que marcaron a Europa.

La vida de la corte

La corte de Versalles se organizaba con una etiqueta estricta. Los cortesanos competían por estar cerca del rey y asistir a ceremonias aparentemente cotidianas, como levantarse o acostarse. Al recorrer las estancias, imagina el movimiento constante de personas, el murmullo de las conversaciones y la importancia de cada gesto.

Los techos pintados, las esculturas y los tapices trabajaban a favor de una imagen de grandeza.

Cómo repartir la visita

El conjunto es enorme y conviene plantearlo por partes: los salones del palacio, los jardines con sus fuentes y los dominios del Trianón. Calzado cómodo, agua y una prenda para el viento son necesarios para recorrer los jardines.

En ciertas fechas de la temporada se celebran espectáculos de fuentes con música; consulta el calendario oficial antes de decidir tu día. Llega con tiempo y no intentes verlo todo en una sola mañana si no te hace falta.

Versalles fue declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1979 y se disfruta mejor sin prisas.

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